Lejarreta

Atábamos ases en la horquilla trasera; el traqueteo de las cartas en los radios sonaba a ruleta, un poco a casino, aunque la abuela nos bautizó chaparrones andantes. Frenábamos con el guardabarros, quien los tuviera, o con la suela de las playeras directa sobre la goma; entonces, las zapatillas se llamaban así, playeras, vaya usted a saber por qué, pues el mar, lo que se dice el mar, ni lo catábamos. «¿Me dejas una vuelta en la tuya?», «Te la cambio por un cigarro, listón». Cucharas, un trozo de lija, pegamento y parches para arreglar los pinchazos. Paquito era un lince detectando burbujitas en la cámara. Nos poníamos palos en las ruedas. Decíamos cosas como que si la abuela tuviese ruedas sería una bicicleta. Convertíamos un paseo al cerro del calvario en la epopeya de los lagos de Covadonga. Era el tiempo de las gestas a pedal, de los héroes con las piernas depiladas. Y de entre todos ellos, el que hizo sudar tinta china al francés, el látigo del asfalto, el junco de Bérriz, Marino Lejarreta.
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Atábamos ases en la horquilla trasera; el traqueteo de las cartas en los radios sonaba a ruleta, un poco a casino, aunque la abuela nos bautizó chaparrones andantes. Frenábamos con el guardabarros, quien los tuviera, o con la suela de las playeras directa sobre la goma; entonces, las zapatillas se llamaban así, playeras, vaya usted a saber por qué, pues el mar, lo que se dice el mar, ni lo catábamos. «¿Me dejas una vuelta en la tuya?», «Te la cambio por un cigarro, listón».
Cucharas, un trozo de lija, pegamento y parches para arreglar los pinchazos. Paquito era un lince detectando burbujitas en la cámara. Nos poníamos palos en las ruedas. Decíamos cosas como que si la abuela tuviese ruedas sería una bicicleta. Convertíamos un paseo al cerro del calvario en la epopeya de los lagos de Covadonga.
Era el tiempo de las gestas a pedal, de los héroes con las piernas depiladas. Y de entre todos ellos, el que hizo sudar tinta china al francés, el látigo del asfalto, el junco de Bérriz, Marino Lejarreta.